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Cómo recomponer la oposición . Diario Clarín
Eduardo Fidanza. SOCIOLOGO. DIRECTOR DE LA CONSULTORA CATTERBERG Y ASOCIADOS

  Fecha: 08/11/2004

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Hasta la hecatombe de la Alianza, la Argentina tenía un bipartidismo simétrico y maduro. La oposición debe superar su fragmentación con inteligencia si quiere hacer buen papel en las próximas elecciones.

El justicialismo, no es una novedad, ha sido protagonista descollante de la vida política argentina desde su fundación, hace ahora sesenta años.

A partir de 1983, aunque se alternó en la jefatura presidencial con otras fuerzas (UCR y Alianza), fue el principal partido del poder en la Argentina: gobernó durante trece de los veintiún años de la transición democrática. A ello hay que agregar el poder político que acumula a nivel provincial y municipal.

Considerando sólo las elecciones presidenciales desde el 83, el promedio de votos obtenidos por el justicialismo alcanza al 47,5%, con un techo de 60,8% en 2003 (si se acepta sumar los "neo lemas") y un piso de 38% en 1999. Con ese récord, cada vez que el voto no justicialista venció al peronismo tuvo que reunir alrededor del 50% del electorado, en el contexto de un bipartidismo relativamente simétrico y maduro. Eso hasta la hecatombe de la Alianza, a fines de 2001.

Las consecuencias en el plano de la oferta político electoral de la crisis que tumbó al gobierno de De la Rúa se observan con toda nitidez tres años después.

En primer lugar, y contra los análisis políticos apresurados, el PJ se mantuvo unido y en ese estado afrontará las elecciones de 2005. Además, posee la jefatura del Gobierno nacional (con buen suceso, por ahora) y mayoría en ambas Cámaras legislativas. En segundo lugar, las fuerzas no justicialistas, hoy opositoras, muestran una notable fragmentación, cuyo mosaico componen la UCR, el ARI, Recrear y Compromiso para el Cambio, para citar sólo a las más relevantes.

En esas condiciones, los dirigentes opositores saben que no se puede vencer al justicialismo. Por eso, entre otras cosas, el presidente, que es un político hábil y de escuela, unificó las elecciones del año que viene. Estas se nacionalizarán y mostrarán (excepto que ocurra una catástrofe poco probable), por un lado, el actual liderazgo de Kirchner y, por otro, la tan mentada hegemonía justicialista.

En rigor, no es un buen momento histórico para la oposición. Sin embargo, sus líderes están en condiciones de sacar ya algunas conclusiones, y con ellas, tal vez, logren evitar ciertos errores que empeoren las cosas para ellos (y, sobre todo, para los ciudadanos que están pensando en confiarles el voto el año próximo).

Las reflexiones que propongo son de Perogrullo:

La oposición no podrá ganarle elecciones al PJ si no se unifica, en alguna forma de convergencia, cuya arquitectura deberá analizarse para no repetir errores del pasado. Eso es crucial y obvio ahora mismo, pero indefectible para 2007.

Como parece fatal, las legislativas de 2005 serán una suerte de "interna abierta" para la oposición, donde, se presume, los que salgan mejor parados quedarán habilitados para una eventual candidatura presidencial.

Esa "interna" —que debería desecharse si la política fuera ciencia y no amalgama de intereses y pasiones— tiene que tener reglas mínimas, evitando, por así decirlo, "contraindicaciones" que la podrían transformar en un lamentable bumerán político.

Resumo, para terminar, las contraindicaciones más preocupantes que percibo:

Si, por ejemplo, Macri y López Murphy compitieran en el mismo distrito por el mismo cargo (senador por la provincia de Buenos Aires), el resultado previsible es que pierdan los dos, pues si la candidata del PJ es Cristina Kirchner puede anticiparse un escenario, altamente probable, que coincide con los resultados de la elección de gobernador en 2003: el candidato justicialista, alrededor del 45% y el resto, por debajo del 20%. No creo que Macri o López Murphy se sientan a gusto con los titulares de los diarios del día después.

Si Elisa Carrió, que posee virtudes e inteligencia, insiste en practicar el género religioso en lugar del político, determinando justos y réprobos, y asumiendo una actitud redentora, podría tro pezar con un candidato progresista y moderno desde las filas del kirchnerismo que le succione una masa memorable de votos, aunque ese fenómeno todavía no aparezca en las encuestas.

Si alguien piensa —con la lógica de las fusiones y adquisiciones empresarias— que una gran coalición opositora puede juntar a radicales desencantados e independientes con el comisario Patti y algunos liberales conservadores de los 90, se equivoca, pues las reglas de la construcción política suelen ser inflexibles y marcan que en ciertos casos cuando se suma a uno, se bajan cinco.

Si los radicales siguen practicando, a puertas abiertas, su deporte preferido, que es la interna, no harán más que reforzar la pobre idea que de ellos se ha forjado la opinión pública.

Como en las recetas de los medicamentos, se trata de cosas que al menos hay que leer. Por cierto, luego la responsabilidad es de los pacientes y no del laboratorio (o del analista político, en este caso) que les hizo la advertencia.


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