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Articulo de opinión

PARTIDOS Y DEMOCRACIA (UN MODELO PARA ARMAR) (30/08/2010)

Miguel E. Sanguinetti

I.- EL MANDATO - II.- AQUÍ Y AHORA – III.- ROLES DE LOS PARTIDOS -

IV.- ARGENTINOS A LAS COSAS – V.- FINAL.-

I. EL MANDATO.-

1.1 Cuando Jonás se topó con la ballena comprendió que nadie huye en vano de su destino; nosotros también le hemos dado la espalda a nuestro mandato y huir nos ha costado muy caro.

A lo largo de doscientos años los argentinos hicimos muchas cosas grandes. A fuerza de bravura y coraje nos dimos la independencia, llevamos vientos de libertad a toda la America del Sud, albergamos a cientos de miles de hombres y mujeres venidos de todas partes del mundo, poblamos el desierto, consolidamos el territorio, construímos puertos y caminos.

Fuimos el granero del mundo y el asombro de Europa, educamos al soberano, creamos universidades, generamos mas premios Nobel que muchos países centrales y fuimos un faro que durante años iluminó los caminos de América Latina.

Pero pese a esos tiempos de epopeya no supimos, no pudimos o no quisimos cumplir con el mandato de nuestra Constitucion: “Construir una Nación Representativa, Republicana y Federal”.

1.2 En el espejo de la historia se refleja hoy la imagen del fracaso. De ese sueño de gigantes queda, apenas, el recuerdo. No hay Republica, ni Federalismo, ni instituciones que se respeten de verdad; la Argentina está dejando de ser un sueño compartido y una meta común.

Ese fracaso ha impregnado todas nuestras instituciones y alterado sus roles. No hay sector que quede al margen: familia, educación, trabajo, economía, salud, cultura , inserción en el mundo. No obstante todavía late una fuerte voluntad de cambio que permite percibir que no todo está perdido y que, si se lo propusiera de verdad, la Argentina podría volver a vivir.

Construir una auténtica democracia representativa donde antes se hizo un festín con el voto de la gente; instaurar una auténtica división de poderes donde antes hubo un poder despótico; consolidar una Justicia independiente donde siempre se intentó avasallarla; convertir al Congreso en la casa de todos y al federalismo en la columna vertebral del país, lograr eso, si nos lo propusiéramos de verdad, no sería imposible.

La decadencia se fué generando a lo largo de incontables marchas y contramarchas provocadas por élites políticas carentes de virtud y de vocación democrática que aumentaban los enfrentamientos y no daban tregua a las tumbas.

1.3 Poco a poco la sociedad se fue acostumbrando a que la conducta de los gobernantes dejara de coincidir con las reglas de convivencia y con el interés de la gente. Se acostumbró al engaño, a la manipulación y a la corrupción. La vida política y la ciudadanía fueron tomando rumbos distintos hasta que la República empezó a naufragar al grito de “sálvese quien pueda” . Se quebraron las reglas y se violaron los códigos; la Argentina se convirtió en un país residual.

En medio de tanta locura empezamos a creer en cualquier cosa; el peor de los espejismos parecía tener, al menos, un charco y un poco de sombra. Creímos que la Democracia y la República se construían con palabras, con declamaciones y promesas; que sólo las multitudes transportadas como ganado eran el Pueblo; creímos también que esto se iba a acabar “porque no hay mal que dure cien años” y que“cuando seamos gobierno” con sólo dictar dos o tres leyes ibamos a cambiar la realidad.

1.4 Con el ánimo enajenado de esta manera las elecciones se convirtieron en una calculada maniobra para robar votos.

Aturdidos y desorientados, sin encontrar otro camino para hacernos oír que el agónico grito de “que se vayan todos”, empezamos a ceder en nuestras convicciones y a dejar espacios libres que jamás debiéramos haber cedido; a permitir que nos gobernaran al margen de la ley y a resignarnos a que no tuviéramos derecho a ser gobernados por otros que no fueran los que había elegido esa dirigencia.

A partir de allí ésta no tuvo reparos en violentar las cada vez mas vulnerables vallas institucionales; se destruyeron las pocas defensas con que contaba la ciudadanía y se vino abajo lo poco que quedaba en pié. La oligarquía política se dedicó a acumular poder y a impedir, a cualquier precio, que le pusieran límites.

La división de poderes cayó, la independencia del Poder Judicial cayó también y la libertad de prensa fué una ciudadela sitiada por el enemigo. La democracia se convirtió, así, en una máscara detrás de la que se escondía la autocracia.

II. AQUÍ Y AHORA.-

2.1 Todo esto habla bien a las claras de porqué, a mas de 27 años de la dictadura militar, no hemos podido construir una democracia republicana; peor aún, de porqué destruímos la poca democracia que aún se mantenía en pié en nuestro deshilachado tejido social.

Frente a este cuadro no podemos dejar de ver que los partidos políticos –que debieron ser los actores fundamentales en la reconstrucción de la República- no cambiaron la plantilla autoritaria de los militares y que, de su mano, el sendero de la democracia recuperada nos ha llevado a una decadencia institucional impensada.

Sucesores de caudillos, de demagogos y de dirigencias democráticas diezmadas por golpes de Estado, muchos políticos de hoy recitan un credo que sus gestos desmienten. No obstante son una pieza clave del proceso que debemos cumplir, porque si los partidos son instituciones fundamentales del sistema democrático, sus dirigencias son parte de ellas.

Designación de candidatos sin real participación de los afiliados; financiación espúrea de campañas electorales; enriquecimiento ilícito de gobernantes y dirigentes ; partidos políticos al servicio de ambiciones personales; legisladores que actúan como “el brazo legislativo del Poder Ejecutivo”; Justicia amordazada; Prensa amenazada; índices de miseria, marginación e inseguridad jamás imaginados y una inaudita manipulación de las necesidades de la gente son hitos visibles de este proceso.

2.2 Hoy estamos lejos de poder articular una convivencia política estable con partidos que se alternen pacíficamente en el poder. En más de un aspecto los gobiernos de estos años no fueron “legítimos” sino apenas “legales”; no sólo por la manipulación electoral sino también porque después de cada elección los “representantes del pueblo” desempeñaron sus cargos en favor de otros mandantes; no hubo verdadera “representación”.

“Después de los gobiernos militares -sintetizó Santiago Kovadloff- no vino la democracia sino sólo gobiernos civiles.”

El modelo para armar es hacer compatible el funcionamiento de los partidos con el sistema democrático constitucional; es darle contenido real a una democracia que no ha pasado de lo declamatorio y que en estos años se ha convertido en una excusa para desquiciar la República.

Sin una ciudadanía viva, libre, independiente, dispuesta a que se vuelva a encender en su interior el fuego del compromiso no se podrá construir una democracia republicana estable.

Tampoco se podrá construir sin partidos que reconozcan que si bien la parte no es superior al todo las mayorías tampoco son superiores a las minorías en punto al reconocimiento de sus fueros, de su libertad y de su derecho a participar. Tampoco habrá República si unos y otros no reconocen que los ciudadanos son los únicos señores de la República.

2.3 Hubo un tiempo en el que la política se vivía con fervor , como una verdadera religión cívica, en la que sus miembros se llamaban entre sí “correligionarios” o “compañeros” según que aludieran a que compartían una misma “religión cívica” o el mismo “pan del trabajo”. Los compromisos políticos que asumían iban mas allá de la satisfacción de sus intereses personales, eran una donación a la nueva República que nacía.

Es misión de los partidos, hoy, presentar un nuevo proyecto de vida en común para que los argentinos podamos construir la Democracia Republicana que estuvo siempre en el pensamiento de los argentinos. Un tema distinto es la recurrente aparición del “movimiento” como fuerza política, con el que se busca desplazar a los partidos políticos enfrentándolo con un conglomerado de sectores que, en el imaginario de sus personeros, representan la totalidad de la Argentina. Sin confesarlo explícitamente no se reconocen como“parte” de dicho cuerpo sino que pretenden arrogarse el carácter de “todo”.

“El pueblo no necesita representantes porque nosotros somos el pueblo” afirmó en un Seminario sobre Reforma Politica Miguel Bonaso, cuando era el cerebro del Ministerio del Interior durante el gobierno de Nestor Kirchner.

De allí que, frente a quienes usan el sistema democrático para destruirlo desde adentro, debamos estar atentos a que en los procesos de elección de los dirigentes los candidatos no sean promocionados por sectores o grupos que no estén constituídos en su totalidad por afiliados del Partido.

“La polìtica argentina - sintetizó Enrique Valiente Noailles- necesita soluciones sistémicas para una crisis sistémica.”

2.4 Desde esa perspectiva se formulan, en los capítulos siguientes, algunas reflexiones para transformar a los partidos en “instituciones fundamentales del sistema democratico” como proclama hoy nuestra Constitución Nacional en su articulo 38.

El claro mensaje de esa norma es que sin partidos que respeten a rajatabla el disenso y el diálogo, que aseguren la rotación periódica de su dirigencia, que incorporen a sus filas a los mejores, y que cumplan cabalmente con su misión de custodios de las instituciones, no se puede construir una democracia plena.

Es imposible abarcar en estas pocas líneas la problemática que encierra la crisis de las organizaciones partidarias; hay que hilar muy fino para ver cómo y porqué , en estos últimos años, los partidos no sólo no consolidaron la democracia sino que fueron –mas de una vez- sus verdugos.

El desafío que enfrentamos es cómo detener la demolición del andamiaje institucional y cómo salir al rescate de los partidos para que funcionen como uno de los ejes centrales de la restauración de la democracia representativa.

Haber limitado su rol al de simples aparatos electorales trastocó las cosas; los partidos no participaron de la puja electoral animados por una auténtica vocación de servicio sino por una desmedida ambición de poder. Quedaron sepultadas sus responsabilidades, su razón de ser, aquello para lo cual aparecieron en el escenario de las instituciones políticas y que justifican y legitiman su existencia.

2.5 Si bien es en su seno donde se gesta la magna decisión de proponer los candidatos a dirigir los destinos de la Nación, de las Provincias o Municipios, les cabe una responsabilidad mayor: la de construir, conservar y consolidar el sistema representativo, republicano y federal que establece la Constitución.

Debieran ser también los inspiradores, promotores y celosos guardianes de una alianza con los restantes actores sociales de nuestra sociedad para preservar la continuidad histórica y cultural de la Argentina.

Si reconocemos que en una democracia constitucional la representación política pasa por los partidos debemos reconocer que así como sean nuestros partidos así será también nuestra democracia.

Digámoslo claramente: sólo aquellos partidos que sean democráticos en su vida interna; que respeten a sus minorías; que establezcan la renovación periódica de sus autoridades; que busquen mejorar la calidad de sus dirigentes, de sus candidatos y de sus afiliados; que cumplan y hagan cumplir los preceptos de la Constitución; que luchen por consolidar las instituciones republicanas y que lleven adelante con austeridad , grandeza y eficacia sus responsabilidades, sólo esos partidos podrán ser los constructores de una Argentina verdaderamente democrática y republicana.

III.- ROLES DE LOS PARTIDOS.-

3.1 Roles, funciones y responsabilidades.-

En un regreso a las fuentes, que deviene en un verdadero Plan Maestro para iluminar la cuestión, en este Capítulo se analizan los roles, las funciones y las responsabilidades que les caben a los Partidos. Sólo visualizándolos con claridad podremos descubrir las causas de nuestro desencuentro con la democracia y construir los partidos que den a luz el país que queremos.

Es mucho lo que la gesta de la libertad le debe a los partidos; pero no podemos silenciar que esa tarea ha tenido avances y retrocesos.

Lo que interesa, aquí y ahora, es reconocer que el rol que les cabe de mantener viva esa antorcha, es insustituíble. Ellos son los co-garantes de la Democracia y la República; por eso deberían ser mas merecedores de respeto que cualquier otra institución cívica; por eso debieran también respetarse más a sí mismos.

Argentina está en un punto crítico de su historia que exige ver con lucidez y grandeza lo que hay que construir, conservar y consolidar.

De allí que sea éste el eje de nuestras reflexiones. Ponerle el nombre a cada uno de sus roles, funciones y responsabilidades es volver a los principios, a las fuentes; es colocarnos en la etapa en la que los partidos aún no existían, como si los estuviéramos creando en este instante y pudiéramos rediseñarlos para que fueran instrumentos eficaces y duraderos de la libertad, el progreso y la felicidad de la gente.

3.2 Promover la participación ciudadana.

Este es un rol principal de los partidos modernos, la condición sin la cual todo el andamiaje se viene abajo; sin la participación de la gente el gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” se convierte en una ficción.

Si convivir es parte del mandato que recibe todo ser humano que llega a este mundo, participar, interesarse en los asuntos que hacen al interés general debiera ser, como veremos, obligatorio. “Lo que heredaste de tus padres – exhortó Goethe- conquístalo para poseerlo”.

Participar es tomar conciencia de que la lucha por la libertad, la justicia y la igualdad no tiene fin, y que cuando una sociedad pierde ese rumbo inicia una involución a los peores momentos de su historia.

Despertar esa conciencia es hacer que cada persona descubra que ser “ciudadano” no es algo accidental, secundario, sino que es una de las dignidades mayores que le propone la sociedad; ser ciudadano es un honor al que tiene derecho a aspirar todo hombre y toda mujer; más aún, es un escondido escenario de realización personal.

Hacer que esto no sea una mera expresión de deseos, una fórmula meramente declamatoria, es todo un desafío. Si asumimos que el hombre es un zoon politikón como decía Aristóteles, estamos aceptando que tiene una tendencia natural a involucrarse, que no necesitaría ser impuesta desde afuera sino que debiera fluir naturalmente desde su interior.

Pero la historia nos muestra, contrariamente, que salvo casos o situaciones especiales, las mayorías necesitan ser motivadas para actuar. Esto parecería indicar que la sociedad está frenando o limitando de alguna forma, o desde algún punto, la espontaneidad de ese impulso.

Por ello es prioritario que los partidos tengan una lúcida percepción de la cuestión y ejecuten una tenaz reflexión sobre las trabas que bloquean la participación; sin un compromiso expreso de los partidos en ese sentido corremos el riesgo de caer en manos extrañas.

No parecería aventurado decir, a la luz de nuestra historia reciente, que sin ese diagnóstico, sin ese esfuerzo mantenido y constante por echar luz sobre los retraimientos de la gente, los partidos –con mayor o menor conciencia-estarían explotando sus dudas, sus miedos y sus desorientaciones.

Generar ciudadanía debiera ser una de las principales metas de los partidos ya que ciudadano es, precisamente, el que se interesa por ella: “el que duerme con un ojo abierto”. De allí que el ciudadano sea la célula básica de la democracia.

Se ha dicho con razón que una sociedad, aún cuando cuente con mecanismos formalmente democráticos, si no promueve ciudadanía termina en una dictadura mas o menos explícita; será en vano que se declame democrática si no logra que la gente se involucre.

“Que hace falta conocer para enseñarle inglés a Juancito –preguntaba Chesterton- conocer inglés? No, conocerlo a Juancito”.

El Juancito de nuestra historia es la gente, el pueblo, el señor de la esquina, a quienes los partidos deben alentar para que descubran que el desinterés por lo político compromete su libertad, su dignidad y su bienestar, y que sólo participando se es verdaderamente libre, porque la esperanza no es una utopía sino el mejor y mas auténtico motor de la vida social.

Con sólo doscientos años de Historia no podemos decir que somos un pueblo viejo, pero tampoco lo suficientemente joven como para no tener cicatrices profundas; muchas veces en la Argentina participar no fué una fiesta.

“Podemos mirar al sol sin parpadear -decía Tagore- si ponemos la vista en algo que esté por encima del sol”.

3.3 Orientar la opinión de la gente.

La variedad, velocidad y complejidad de los temas que afectan a la sociedad hacen que sea muy difícil forjarse una opinión propia sobre todos; hay quienes optan por desentenderse y por enajenar su sentido crítico.

Si bien existen centros de estudios, publicaciones y especialistas que abordan diariamente esa temática, los partidos son la única institución calificada por nuestra Constitución Nacional como “fundamental” para el sistema democrático (Artículo 38).

Esto significa que tienen a su cargo –entre otras- la función ineludible de orientar la opinión pública de la gente. Los partidos no pueden faltar a la verdad sobre los hechos sino únicamente, cuando fuere el caso, disentir sobre sus causas o sus consecuencias, partiendo siempre de criterios de verdad. La validez de esa orientación dependerá, además de la seriedad, objetividad y oportunidad de su pronunciamiento.

No hablamos de orientar la opinión de sus afiliados o simpatizantes, sino de toda la gente, porque en una democracia representativa los miembros de la Legislatura o del Congreso no son representantes del Partido sino “representantes del pueblo”.

Esto implica una acción docente que trae aparejada la necesidad de entender las dudas y zozobras que los avatares sociales producen en el ánimo ciudadano, y hacer comprensibles sus mensajes.

En particular, los partidos, por encima de otros actores sociales, tienen el deber de estar al frente de la labor de esclarecimiento y orientación de la opinión pública respecto de las cuestiones comprendidas en las competencias de los tres poderes del Estado.

La suerte de la democracia está estrechamente ligada a la opinión pública porque bien se ha dicho que la democracia es el gobierno de la opinión pública y que nadie puede gobernar contra ella; por eso este rol o función de los partidos es imprescindible.

El uso responsable que el cuidadano puede hacer de su juicio y de su libertad sólo es posible si se basa en el cabal conocimiento de las cuestiones y en que la información que reciba sea verdadera, completa y oportuna.

Arrojar luz, ayudar a comprender, a interpretar los sucesos y los procesos por los que atraviesa la sociedad es una de las mas elevadas funciones de los partidos. Enseñar a discernir es ayudar a entender respetando la libertad de cada persona; es construir ciudadanía.

Cuanto mas objetiva sea la información, cuanto mas despojada de intenciones clientelares, cuanto más honestamente se expliquen la causa y el sentido de los hechos, mas fortalecida saldrá la democracia; éste es, a no dudarlo otro rol irrenunciable que va resignificando a los partidos a lo largo de la Historia.

3.4 Seleccionar los candidatos para ocupar los cargos de gobierno.

El monopolio legal que a este respecto tienen los partidos en una democracia republicana, requiere, para que su ejercicio sea legítimo, que la calidad de su democracia interna sea un espejo de la democracia que proponen construir en la sociedad. De allí que sea básico asegurar y garantizar la transparencia de sus procedimientos internos y que el respeto por la opinión de los afiliados rija sin mengua cuando los partidos eligen a sus autoridades , a sus candidatos y cuando toman sus decisiones.

Una sociedad que aspira a vivir democráticamente debería poder asomarse a esos procesos para saber cuan lejos o cuan cerca está del camino que conduce a la democracia republicana. Desde esa simple perspectiva no será difícil predecir el comportamiento de los partidos una vez que alcancen el poder.

Idoneidad, honestidad, antecedentes intachables, compromiso con los valores republicanos, conducta pública y privada ejemplar, independencia de criterio, desprendimiento y grandeza, apertura al diálogo, respeto al adversario y amplia disposición para la búsqueda y construcción de consensos son los requisitos en base a los cuales los partidos deberían definir el perfil de sus candidatos.

Parecería estar fuera de discusión que la sociedad necesita que los partidos recluten y candidateen a los ciudadanos mas “destacados”, no sólo para que ejerzan sus funciones con honestidad y eficacia sino para que toda la sociedad se sienta representada por ellos, porque una vez elegidos, como acabamos de decir, dejan de ser los representantes del Partido para convertirse en los representantes del Pueblo.

Cuando decimos “destacados” no queremos significar “notorios” sino reconocidamente capaces para la función, honestos y con vocación de servicio. Los “notorios”, en cambio, son conocidos sólo por razones ajenas a su idoneidad o capacidad de gobierno pero que, en función del modo en que se encaran las encuestas, “miden” políticamente.

Durante mucho tiempo los argentinos toleramos, nos resignamos no supimos cómo oponernos a las irregularidades y fraudes que se reiteraban sistemáticamente en las elecciones internas de los partidos. Esto terminó instalando “camarillas” que manejaron las estructuras partidarias a su antojo, segando toda oposición interna e imponiendo su “propia tropa” en las listas de candidatos.

Se derivaron de esto muchos males para la Argentina; uno, no menor, fué la pérdida de calidad de los candidatos a medida que la dirigencia perdía el pudor de imponer a sus incondicionales.

Al advertir que no representaban los intereses generales sino los del partido o de sus dirigentes, la ciudadanía empezó a tomar distancia de ellos, produciéndose un divorcio entre la gente y los partidos. A su vez los afiliados y dirigentes que se veían excluídos de toda posibilidad dentro de sus partidos se fueron alejando y crearon otros nuevos.

El multipartidismo resultante quitó fuerza a los partidos mayoritarios, pero la pléyade de organizaciones resultantes no generó más democracia y abortó la constitución de estructuras políticas sólidas,

La conclusión fué que los partidos dejaron de generar estadistas, magistrados y ciudadanos: mataron a esa élite que es la única gallina que puede poner huevos de oro en una democracia.

Asimismo, al no estar muchos a la altura de sus cargos, los cuadros del gobierno debieron integrarse con extrapartidarios desdibujándose su perfil y creándose confusión e inseguridad en la gestión.

Un subtema que merece una reflexión especial es el de las elecciones “internas” en que se efectúa la selección de los precandidatos.

La opinión general, -aunque ya ha sido legislado- apunta a la conveniencia de que sean “simultáneas” en todos los partidos. Esto amplifica la resonancia de la convocatoria al convertirse en un proceso conjunto que preludia e integra la decisión de la elección general; es como si toda la sociedad entrara al mismo tiempo en una especie de estado “prenupcial”.

Pero en cuanto a que en las internas puedan votar los no afiliados, como dispone la ley, el pensamiento es otro. Nadie puede ignorar el peligro que genera la existencia de un gran número de “habitantes” fácilmente movilizable mediante la dádiva, la amenaza, el miedo o la propaganda, que pueden ser “motivados” a votar en la interna de un partido que ni siquiera conocen, por el candidato contra el cual mas le convenga a sus mandantes confrontar en la elección general.

Parecería que la solución mas prudente sería dejar esta decisión en manos de cada Partido ya que al beneficio de evitar el riesgo arriba señalado se suma el hecho de que no afecta derecho alguno.

¿Y qué hay de los candidatos “extrapartidarios”? Al final de cada golpe militar aparecía esta cuestión porque el ostracismo a que eran sometidas las dirigencias políticas provocaba su desmantelamiento. Cuando se reabría el ciclo democrático los partidos carecían de “cuadros” y los pocos que quedaban no alcanzaban a cubrir las expectativas de la gente.

Mas allá de que la cuestión no ha sido aceptada interesa resaltar la conveniencia de que la participación política comience tempranamente, por lo cual el cursus honorem de los candidatos exige una afiliación y militancia previas.

Respecto de las “listas colectoras” y las candidaturas “testimoniales” no cabe duda de su ilegitimidad, del atropello a la Constitución y del menoscabo de la ciudadanía. Son mecanismos que “saquean” el sistema electoral, conformando una grosera maniobra de apropiación del voto.

3.5 Ejercer una oposición responsable.

La contracara del derecho de un Partido a ejercer el poder es la obligación, en caso de no resultar electo, de controlar el gobierno del Partido que ganó . La saludable alternancia que resulta del sistema democrático ,“el que gana gobierna y el que pierde controla” garantiza la tutela de los intereses públicos por parte tanto de los partidos de gobierno como de la oposición.

La palabra “sistema” refiere, precisamente, a la existencia de diversas partes que confluyen en la búsqueda de un resultado común.

La oposición se ejerce mediante la observación, la crítica honesta, la propuesta de alternativas y también mediante el acompañamiento de aquellas decisiones que requieren un consenso político mas amplio que el del Partido de gobierno; nada mas lejos de la función que, en una República, deben cumplir los partidos de oposicion, que una actitud cerril, demagógica, desestabilizante. De allí el nombre de este rol: “oposición responsable”.

En Inglaterra el jefe del Partido opositor recibe un sueldo del Estado y un título que es todo un homenaje a la democracia: “Jefe de la oposición al Gobierno de su Majestad”. Se reconoce así que su existencia no es una falla de la democracia, un escollo para el gobierno, sino una condición absolutamente necesaria para que aquella sea posible.

3.6 Controlar el desempeño de los integrantes de los poderes del Estado.

La sola enunciación de este rol nos pone frente al hecho de que ni la Democracia ni la República se construyen de una vez y para siempre. El equilibrio de poderes, el juego de pesos y contrapesos, los controles legales de la gestión de funcionarios, legisladores y magistrados deben complementarse con la obligación de denuncia que cada fuerza política debe propiciar en los casos en que el gobierno se salga de su cauce.

El ciudadano de a pié delega , a la hora de elegir a sus representantes, muchas facultades y atribuciones; lejos estamos de aquellas polis griegas donde el pueblo se reunía en la plaza para tratar de viva voz los temas de su interés. El cuidado de esa delegación, en las actuales democracias representativas, se formula con la pregunta de “¿quien custodia a los custodios ?” y tiene una sola respuesta: los Partidos Políticos en representación de la ciudadanía y por ésta misma en ocasión de las elecciones.

Harto hemos visto organismos públicos de control -administrativo o político- quedar muchas veces desnaturalizados, neutralizados o llamados a silencio por razones reñidas con el bien común.

Por ello esta función-obligación partidaria es de una gran trascendencia institucional al controlar, denunciar y promover la sanción de las transgresiones que cometan los ocupantes de los cargos de gobierno.

La pesada tradición de organismos de control que no controlan nos ha arrojado a las playas de una anomia tal que hemos llegado a aceptar la violación de la ley como algo inevitable. Se habla de graves irregularidades pero las causas no se inician, o no se impulsan, o las investigaciones se estancan o se vencen los plazos.

De allí que controlar el desempeño de los ocupantes de los tres poderes del Estado devenga esencial e inexorable y obligue a un puntual seguimiento de los procedimientos e investigaciones en un lapso compatible con la necesidad de dar resonancia pública al crimen y al castigo.

El cumplimiento de esta responsabilidad exige a los partidos, además de una gran coherencia, una doble conducta: no efectuar denuncias sin sólidos fundamentos, y no ocultar las irregularidades que lleguen a su conocimiento.

3.7 Controlar el cumplimiento de las plataformas electorales.

La ambición de poder, la demagogia y el oportunismo político generan promesas electorales que muchos saben de antemano que no podrán cumplir o, peor aún, que harán poco por cumplirlas.

Si es grave burlar el cumplimiento de la ley , también lo es el incumplimiento de las bases, promesas y pautas de gobierno comprometidas durante la campaña electoral, ya que para ejecutar ese programa, precisamente, es que fueron elegidos. El programa y la plataforma electoral son un verdadero contrato político entre el Partido y la gente.

Presentar una plataforma electoral o un plan de gobierno a sabiendas de que no se podrá ejecutar o sin tener real vocación de ejecutarlo, es robar el voto, es un verdadero delito de estafa electoral . Las consecuencias no debieran ser menores ya que el gobernante así elegido carece de legitimidad porque el voto fue el fruto del engaño, y su permanencia en un cargo al que se accedió de esta manera no tiene cobertura constitucional.

Si después de la elección aparecieran impedimentos que no pudieron ser previstos o cuya magnitud se desconocía al tiempo de elaborar esos compromisos es necesaria una inmediata explicación.

Este rol de denuncia es inexcusable y su falta de ejercicio podría estar indicando que nos encontramos frente a una práctica frecuente.

3.8 Monitorear el desempeño de sus propios funcionarios.

Es una grave distorsión confundir Gobierno y Partido, como usualmente sucede, con las consecuencias de las que el Pueblo es testigo y víctima. Los gobiernos son transitorios, cumplen con mayor o menor éxito sus funciones durante el lapso de su gestión; los partidos, en cambio perduran en el tiempo porque tienen vocación de continuidad. Aquellos nacen de la coyuntura electoral, éstos de un compromiso de largo aliento.

La tarea que debe cumplir el Partido respecto de su propio gobierno es ejercer la autocrítica permanente, evitar las desviaciones , las irregularidades y los ilícitos. En ello debiera jugarse su rol y su destino.

La honestidad de un Partido resplandece cuando encara las desviaciones de su propio gobierno con el mismo rigor con que lo hace con los gobiernos de otras fuerzas.

Cuando el gobierno no se desprende o castiga a sus funcionarios involucrados en acciones reprochables genera el daño adicional de crear una sombra de duda sobre todo el elenco de gobierno, sobre el propio Partido, y más de una vez, sobre los partidos en general. Sin dejar de mencionar que una actitud contumaz puede llevar a algunos gobiernos a incurrir en nuevas irregularidades.

Si un rol “maestro” de los partidos, implícito en los otros roles y funciones que mencionamos , es el de consolidar la confianza del Pueblo en el sistema democratico representativo de gobierno, su actitud frente a irregularidades cometidas por sus propios funcionarios es una verdadera prueba de fuego.

Cuando el mea culpa o el castigo no se producen, el mensaje que llega a los ciudadanos es que se está frente a un verdadero “sistema de complicidades” organizado y explotado por funcionarios o dirigentes de uno y otro bando para quienes el gobierno parecería ser un botín de guerra.

“El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” al que se refería Abraham Lincoln, se convierte, de esa forma en una burla que afecta hondamente la confianza de la ciudadanía.

“Tanto hincapié hemos hecho en el Pecado original –reflexionaba el Papa Clemente VII- que nos hemos olvidado de la Pureza original”. Es a restaurar esa pureza del principio, ínsita en el grito fundacional de los Partidos, a que apunta la tarea que comentamos.

Digámoslo una vez más: lo que legitima la denuncia de un partido respecto de la gestión de funcionarios de otro partido, lo que le da credibilidad y autoridad moral es el ejemplo con que ha encarado, en su momento, irregularidades detectadas en su propio seno. La democracia necesita de los partidos una honestidad temprana.

Muchas veces la remanida frase de las autoridades respecto de ilicitos de que son sospechados: “Esperamos confiados el veredicto de la Justicia” es recibida por la gente como una clara hipocresía.

Los partidos tienen un compromiso con la sociedad que es mayor del que puedan tener con sus dirigentes que hayan accedido a cargos representativos o a funciones de gobierno. Reconocer sus culpas y sancionarlas es honrar el compromiso asumido ante la ciudadanía de dar prioridad al control de la gestión de los bienes y de los intereses públicos.

3.9 Monitorear el patrimonio de sus funcionarios.

En un tema tan sensible como el de la corrupción los partidos deben reivindicar ante la ciudadanía, mediante un monitoreo responsable, su irrenunciable compromiso de acreditar la honestidad de sus funcionarios. Nadie ignora –por otra parte- que por el rígido sendero de las lealtades partidarias no hace falta ser funcionario para enriquecerse ilegítimamente durante un gobierno del Partido.

Esta función es tanto mas acuciante cuanto que, en no pocas ocasiones, nos encontramos con sucesivos gobiernos de una misma fuerza política.

A lo largo de nuestra historia tenemos demasiados ejemplos de políticos que sirvieron a la ciudadanía con total austeridad como para que en esta nueva etapa de nuestra historia permitamos que se desdibujen; la ejemplaridad es esencial para la credibilidad del sistema democrático republicano.

Bien se hablaba, tiempos ha, de la “austeridad republicana” como sinónimo, entre otras cosas, de honestidad y de virtud cívica.

3.10 Promover el conocimiento de las leyes políticas fundamentales.

Las Constituciones, Cartas Orgánicas Municipales, Régimen de los Partidos Politicos, Leyes Electorales, de Defensa del Orden Contitucional y la Vida Democrática no son sino parte de la multiplicidad de normas que crean, regulan y disponen de nuestros derechos políticos. No hay democracia sustentable en el largo plazo si los partidos no asumen la misión primaria de hacer que los ciudadanos conozcan las normas que establecen y reglamentan el ejercicio de sus derechos y sus obligaciones políticas y electorales.

La docencia republicana es una responsabilidad de los partidos que, salvo honrosas excepciones, ha brillado por su ausencia en estos ultimos años de democracia. Parecería, en términos generales que, por el contrario, aquellos se hubieran ensañado en aplicar una contradocencia, una deliberada confusión en los conceptos, en las funciones y en los derechos.

Nadie ignora que no puede haber República ni Democracia posibles si los ciudadanos, actores y destinatarios últimos de sus preceptos, no saben como están conformadas las instituciones, cuales son sus funciones, ni cuál ni cómo es la interacción entre leyes, libertades, derechos y obligaciones.

Si no se conocen las normas básicas que regulan las relaciones sociales y políticas; si no se enseña que la Constitución es la garantía final de nuestros derechos y libertades; si no sabemos como ejercerlos cuando son violados; si no sabemos que sin división de poderes y sin una Justicia independiente caemos en la anarquía o el despotismo es porque los partidos han dejado de hacer docencia republicana.

Dejar que las conductas se adecúen a los principios de la Democracia y de la Republica sin otro sustento que lo que se pudo haber aprendido en la escuela, leído en diarios y revistas o visto en televisión parecería una deliberada omisión para mantener a la gente alejada de la cosa pública.

El conocimiento de las instituciones y de las normas básicas que proclaman, defienden y aseguran los derechos habilita para un ejercicio mas pleno de la libertad. La docencia republicana como un ineludible rol a cargo de los partidos significa trabajar para poner a la ciudadanía a la altura de la dignidad que le reconoce y garantiza nuestra Carta Magna.

3.11 Presentar propuestas o planes alternativos de gobierno.

La democracia es un proceso interactivo y dinámico, tanto como lo es el entramado y la problemática social. La elección de un gobierno no significa que se cierre una pesada puerta y que hasta que no se vuelva a abrir con una nueva elección, la sociedad no pueda o no necesite conocer la opinión de la oposición en cuestiones de gobierno, o que ésta no tenga derecho a expresarla cuando lo creyera necesario.

El partido gobernante tiene la obligación de escuchar, dialogar y consensuar con el resto de los partidos las cuestiones de relevancia institucional que puedan comprometer seriamente los intereses del país, o mas allá de su período de gestión.

Cuando se presentan esas cuestiones la sociedad percibe con inquietud que su suerte pueda verse comprometida por la gestión de un Gobierno. Por eso es una función inexcusable de los partidos dar a conocer planes alternativos o proyectos para que la ciudadanía conozca otras posibilidades válidas y fundadas para encararlas, lo que no sólo prestigia a los partidos de oposición sino tambien al partido de gobierno cuando se abre al dialogo y busca con honestidad soluciones que cuenten con el mayor consenso de la gente.

De allí que el diálogo se imponga inexcusablemente en nombre del interés público. Para que exista es necesario también que los partidos tengan ideas claras, estudios serios y fundados, verdaderos planes alternativos que se puedan presentar a una mesa de discusión para enriquecer la búsqueda de una solución común.

Promover la afiliacion de gente honesta, capaz y democrática.

En primer lugar debemos destacar que no es una cuestión menor la de los afiliados ya que, siguiendo el orden natural de las cosas deberían -en algún momento- convertirse en los dirigentes del partido, integrar sus comisiones de estudio, sus núcleos de funcionarios o la lista de candidatos a ocupar cargos de gobierno.

Pero, lamentablemente, si los afiliados no se apretujan en la estrecha capilla de un caudillo, o de la camarilla de turno, su vida partidaria no pasará del triste rol de muchedumbre indiferenciada cuyo función se reducirá a aclamar a los candidatos en las calles y a constituir la “masa” de las concentraciones.

Para la democracia representativa es un tema vital, porque de allí saldrá la dirigencia política. Se trata de una verdadera cuestión de Estado, porque según sea su calidad así será la de los dirigentes, representantes, legisladores y funcionarios que tendremos.

Debemos reconocer que jamás, como sociedad, nos hemos preocupado por el tema ni le hemos dado la importancia y el alcance que tiene; lo hemos dejado en mano de los punteros y de los que negocian fichas por votos y otras cosas.

Si la sociedad descuida su perfil, si le es indiferente, si no promueve la búsqueda de ciudadanos que tengan una conducta intachable , convicción democrática y un elevado sentido de servicio, la Democracia y la República seguirán siendo papel pintado.

Digámoslo con todas las letras: si cualquier afiliado sin otra valía que su audacia, o su falta de escrúpulos, o su ambición , o su obsecuencia puede llegar a ser autoridad partidaria, o candidato del Partido, o funcionario público, de nada vale lamentarse por lo que pase después.

Con tan pobre elemento humano las cúpulas partidarias pueden digitar a su antojo a quienes llevarán como candidatos, y movilizar el voto de la masa de afiliados para lograrlo.

No sorprende, entonces, que los Partidos, convertidos en meras plataformas de lanzamiento de dirigentes, no hagan nada por incorporar gente nueva que pueda poner en riesgo su futuro político. Es frecuente, en cambio, que promuevan la incorporación de personajes de bajo perfil para que sean funcionales a sus proyectos personales.

Está claro que cuanto mayor sea el nivel de los afiliados en punto a estudios, experiencia laboral o solvencia moral mas difícil será su manipulación, y habrá mas chances de que en las elecciones internas se pueda lograr una saludable renovación dirigencial.

Uno de los medios para que las autoridades partidarias y los candidatos tengan un perfil acorde con los valores democraticos y republicanos es que se erradiquen las afiliaciones masivas y que la incorporación al Partido se haga mediante una ponderada evaluación de cada interesado.

De allí que, a la hora de gobernar, muchas organizaciones partidarias carezcan de dirigentes que puedan desempeñarse con la solvencia que la función pública requiere, con el lógico descrédito que produce una mediocre clase gobernante y con las lamentables consecuencias para la ciudadanía que de allí se derivan.

3.13 Denunciar hechos de violencia, persecución o discriminación politica.

Hay más de un perfil heroico en todas las misiones, funciones y roles que hemos venido enumerando, pero este rol entra de lleno en la cuestión y pone a prueba la sinceridad y el alcance de su compromiso con la Democracia , con la República y, finalmente, con el Hombre.

Los partidos debieran ser balsas que, en el océano de la política, auxilien a naufragos de cualquier bandera. No pueden ser puerto seguro sólo para los propios sino para todo ciudadano o institución victimas de un atropello por parte de quienes detentan el poder.

Sabemos que en esos casos ni la Policía ni la Justicia investigan. Muchas víctimas quedan libradas a su propia suerte porque no son pocas las organizaciones que les dan la espalda. A veces ser, simplemente, un hombre o una mujer no basta.

A nadie escapa que esos hechos son la antesala de una dictadura, o la prueba de que ya se la está padeciendo o de que se está generando un clima peligroso.Tampoco escapa que no se llega a situaciones semejantes por circunstancias fortuitas o casuales sino que son el resultado de una fuerte claudicación en la lucha por los valores democráticos.

En estos casos la función y la misión de los partidos es dar cobijo, recibir. Es de honor reconocer que en épocas trágicas de nuestro pasado reciente hubieron hechos verdaderamente heroicos de políticos que se arriesgaron defendiendo los derechos de muchos náufragos argentinos.

Demasiada experiencia tenemos de vergonzosos silencios cargados de especulación frente a situaciones en las que sólo cabía la denuncia inmediata y el apoyo a las víctimas.

3.14 Denunciar la corrupción.

La corrupción en el manejo de la cosa pública en estos frágiles años, ha sido ejercida a la luz del día con total impunidad; y los casos mas sonados han dejado a la vista la “pata” política.

En la Administración Pública se sabe quienes delinquen, pero nadie se anima a denunciarlos por temor a las represalias. Si esos testigos -o las víctimas- pudieran contar con el honesto y oportuno respaldo de las dirigencias partidarias hace tiempo que la corrupción hubiera retrocedido en la Argentina.

“El poder es impunidad”, sintetizó Yabrán.

La escalofriante verdad de esta frase nos enfrenta con una cadena de miedos, complicidades y advertencias difíciles de erradicar. ¿Será acaso que todos los que acceden al poder en la Argentina quieren disfrutar de su minuto de impunidad?

Los partidos no son, en relación con los hechos de corrupción pública , una institución más ya que una de sus funciones inalienables es proteger e incrementar la transparencia de las funciones que cumplen los ocupantes de los cargos de gobierno.

Una ineludible tarea a cumplir sería la de denunciar, registrar, inventariar y ubicar, los hechos cometidos en esta etapa de la democracia argentina; la “trazabilidad” de la corrupción es posible y, así, se la podría atacar en su guarida.

Generar los mecanismos de protección de las pruebas, de los testigos y de los denunciantes de estos hechos es fundamental porque la contraparte es pesada “y pisa fuerte” , no tiene escrúpulos y cuenta, las mas de las veces con protección “de arriba”.

De todos modos volver a nacer, o simplemente ser como no fuimos nunca en relación con este tema, no es imposible, a condición de que lo querramos de verdad.

3.15 Promover el diálogo con las otras fuerzas políticas.

La palabra “partido” significa que las fuerzas político-partidarias se reconocen parte de algo mas grande: el Pueblo, la ciudadanía y sus instituciones; y que los otros “partidos” son sus pares. Su diversidad les impone, a todos, limitaciones y los obliga a consensuar con los demás los temas en un plano de igualdad y respeto.

La frase con la que Ricardo Balbín despidió los restos mortales de su antagonista de toda la vida, Juan Domingo Perón, dió un giro copernicano al diálogo entre enemigos y adversarios: “ Este viejo adversario despide hoy a un amigo” . Mas que un juego de palabras reveló un cambio de actitud que allanó el camino para que el diálogo interpartidario fuera un diálogo entre iguales, sin tutorías ni rencores.

Para que los partidos sigan siendo instituciones fundamentales del sistema democrático deberán consolidar una fuerte amalgama con las restantes “partes” de la sociedad y constituir un país entero, completo, vertebrado y orientado por la brújula de la Carta Magna.

El que reconoce que sólo es una “parte” de la sociedad sabe que necesita de las demás para satisfacer los requerimientos de “toda” ella y buscará el diálogo y el consenso para encarar y satisfacer los requerimientos sociales; lo contrario sería puro fanatismo, exclusión y negación de la diversidad .

Hay, por otra parte, situaciones complejas o prolongadas en el tiempo, que no pueden ser denunciadas ni encaradas por una sola fuerza política ni llevadas adelante aisladamente, y que sólo pueden encararse entre todos.

Para consolidar la paz social y fortalecer las instituciones; para asegurar la división de los poderes; para defender la independencia del Poder Judicial; para impedir la arbitrariedad en la distribución de los fondos públicos; para defender la libertad de prensa; para propiciar una acción común frente a los actos que afecten la estabilidad institucional, para todo eso –y mucho más- es necesario tener un dialogo abierto y un sólido compromiso con las otras fuerzas polìticas.

Sin el cumplimiento de esta misión la actividad política deviene puro afán hegemónico.

3.16 Organizar comisiones para el estudio de la problemática politica.

Un partido no puede llegar al Gobierno sin ideas claras de los problemas del país y sin propuestas concretas y fundadas de cómo encararlos. Si bien es una “parte” de la sociedad debe tener un criterio sobre la problemática política toda. Tampoco puede ejercer adecuadamente su rol de control de la acción de Gobierno si no tiene de antemano ese bagaje elaborado y en constante actualización.

Los partidos de los países con democracias estables tienen comisiones de estudio que monitorean constantemente a la sociedad, estudian sus problemas mas acuciantes y elaboran planes y programas alternativos a los del gobierno en cuestiones que no pueden quedar sólo en manos de quienes ocupan los cargos de gobierno, de su staff de asesores, o de circunstanciales seminarios internos.

Tiempo atrás un conocido “think tank” mediterráneo organizó cursos para capacitar en temas económicos a los miembros del Congreso que lo solicitaran; recientemente tomó una antorcha parecida una ONG porteña para ofrecer a los legisladores apoyo en una variedad de temas viculados con sus funciones. Todo ello habla a las claras del insuficiente desarrollo intrapartidario del estudio de la vasta problemática que encaran sus legisladores.

Los partidos deben ser verdaderas usinas de ideas para encarar los desafíos del presente al par que diseñar las estrategias de largo plazo. La apertura mental con que lleven a cabo estos estudios puede, además, generar convergencias programaticas con otras fuerzas politicas de las que saldrá beneficiada toda la sociedad.

Las actividades de estas comisiones permite, además, canalizar la necesidad de involucrar en los asuntos públicos a las nuevas generaciones de afiliados.

3.17 Promover el estudio y debate sobre las politicas de Estado.

No es gratuita la impresión de que los partidos son renuentes a rigurosos ejercicios de pensamiento para definir las líneas directrices que debieran trazarse respecto de temas que impactarán a las generaciones futuras.

No sólo no hay pensamiento estratégico en los Partidos sino que apenas hay pensamiento táctico, porque muchos partidos viven sólo de la coyuntura. Estas cortas miras han sacrificado el destino y la suerte de muchas generaciones argentinas.

Los Partidos deben ser los periscopios de la Nación o, mejor dicho, los telescopios de la Nación: se trata de pensar el futuro antes de que llegue, para que llegue de otro modo o para que podamos prepararnos para recibirlo de otra manera.

Politicas de Gobierno son, por su propia naturaleza transitorias, y dependientes de las circunstancias que las generan, distintas de gobierno a gobierno porque siguen el curso de la demanda diaria de acciones y reacciones.

Politicas de Estado, en cambio son las que siguen un invisible hilo que une, a lo largo del tiempo, distintos fenómenos que debieran ser analizados y tratados como manifestaciones de una misma cuestión. No nacen y mueren con cada gobierno sino que los atraviesan y su tratamiento requiere una sólida unidad de criterio y de enfoque para no perder su sentido y su identidad que permita diseñar una politica de largo plazo consensuada con las restantes fuerzas politicas.

De allí que no sean tarea ni responsabilidad de una sola fuerza política sino de un amplio consenso entre todas.

3.18 Mantener contacto con afiliados y ciudadanos.

Los políticos estan ocupados por el diseño de las tácticas y estrategias del Partido, por el día a día de la lid y por el análisis de las informaciones y encuestas que les llegan; el contacto con los afiliados y con la gente lo ejecutan, por ello, en gran parte, dirigentes menores o punteros cuya labor no es exactamente principista.

De tanto en tanto sus asesores en imagen les informan que no estan “midiendo” en las encuestas; se arman entonces campañas de visitas a hospitales, villas, y caminatas por barrios populosos.

Los afiliados, por lo general, no sólo no tienen contacto con los dirigentes ni con “sus”diputados, senadores o concejales sino que tampoco reciben del Partido información institucional ni ningun otro tipo de comunicación; mucho menos invitación a participar de cursos de formación o para el tratamiento de temas que hacen a su interés.

La mayoría de los afiliados vegetan en los ficheros y siguen así por el resto de sus vidas partidarias; pocos han sentido ese escalofrío cívico que dá encontrarse, de pronto, cara a cara, con un dirigente.

Si no fuera dramáticamente cierto parecería una paradoja afirmar que quienes se organizan para representar a la gente están muchas veces distantes de sus problemas y de sus intereses.

Partidos cerrados, gobernados por una dirigencia sin contacto permanente y sistemático con afiliados y ciudadanos, parecen simples grupos de poder que adoptan la forma de partido político para alcanzar sus metas.

IV . ARGENTINOS, A LAS COSAS!

En una carta a un joven estudiante de filosofía, Ortega y Gasset escribía: “Los argentinos son mas imaginativos que precisos…”, y continuaba diciendo que si bien nosotros elaborábamos grandes proyectos, en su ejecución no poníamos la constancia y precisión necesarias para llevarlos a cabo, por lo que al tiempo el proyecto fracasaba y caíamos en una gran depresión, de la que sólo lográbamos salir cuando volvíamos a elaborar otro al que tampoco le poníamos rigor.

Para romper ese círculo vicioso en este Capítulo desarrollaremos algunas precisiones complementarias sobre las cuestiones que hemos tratado precedentemente. En asuntos tan delicados es muy peligroso dejar cosas libradas al azar porque éste siempre tiene un socio oculto.

Recuperar la institucionalidad exige penetrar en el alma de los procesos que nos gobiernan para que, mas allá de la letra de la ley, podamos construir desde su esencia el Estado de Derecho que anhelamos.

4.1 Dirigentes partidarios.-

No creo exagerado decir que los dirigentes políticos son, en gran parte, los responsables de las crisis que padecemos. Se ha visto en las encuestas que los argentinos no descreemos de la democracia sino de nuestros dirigentes. Por eso su analisis y tratamiento es prioritario, debiendo fijarse los límites, modos y formas en que pueden y deben ser reconocidos como tales.

No es vano reflexionar, discurrir, echar luz sobre la actividad de quienes son actores principales de la vida politica. A los dirigentes los aceptamos como los encontramos, no fueron obra nuestra, no diseñamos su perfil ni dijimos qué esperábamos o queríamos de ellos. Cuando llegamos ellos ya estaban , fueron algo inevitable sobre cuyo rol nunca nos detuvimos a pensar; no los recreamos, no los hicimos nuestros.

Intentar hacerlo implica llenar el tema de interrogantes, que es tanto también como interrogarnos a nosotros mismos sobre lo que esperamos o queremos de ellos, sobre como deberían ser y actuar.

En primer lugar debiéramos poner sobre la mesa una pregunta ingenua: ¿los dirigentes debieran ser para nosotros o nosotros para ellos? ¿Quien está para servir a quien? La respuesta es una: siempre fuimos suyos y esa posesión consuetudinaria se convirtió, fatalmente, en un título de propiedad.

De allí que, en los hechos, podríamos decir que no son “nuestros” dirigentes, no conocen nuestras necesidades profundas, nuestros proyectos, nuestros anhelos; sino que, “nosotros” somos de ellos. A lo sumo contratan encuestadores para enterarse, como en el célebre “efecto Pavlov”, donde o cuando aplicar el estímulo.

Como el estrado que ocupan no es demasiado grande, a lo largo del tiempo se las han ingeniado para perdurar dejando una descendencia que continúa ejerciendo ese derecho de propiedad en su nombre. De allí entonces que otra de las preguntas que deberíamos formularnos es “cómo hacerlos nuestros”.

La respuesta podría llevarnos a proponer mecanismos que generen nuevas camadas de dirigentes con un acotado período de gestión, que periódica y rotativamente posibiliten y fuercen su recambio y la necesidad de recurrir y consolidar el contacto con los afiliados y por ende con los ciudadanos.

Limitar el período de gestión de las autoridades partidarias a tres años, por ejemplo, y establecer que sólo puedan ser reelectas una sola vez -pero no en forma consecutiva- podría ser otro avance importante en la dirección que apuntamos.

La posibilidad de que los representantes en los cuerpos políticos colegiados tengan similares limitaciones, como veremos, podría ser otro.

Esto traería sangre nueva a las cúspides partidarias, y con ellas ideas, propuestas, nuevos modelos de gestión; una pileta con agua estancada de pronto podría convertirse en un caudaloso curso de agua. Se abrirían muchas espacios que posibilitarían la incorporación de gente nueva que se arrime al ver un sistema abierto, donde hay lugar para el impulso y el compromiso.

Empezaríamos a cambiar la historia y los dirigentes empezarían a ser nuestros.

Con esta perspectiva se podría ir conformando una amplia grilla con otras medidas para evitar la constitución de dirigencias vitalicias. En este orden de ideas se puede pensar también que los parientes o quienes tengan vínculos que supongan una continuidad de gestión, no puedan sucesivamente presentarse para cubrir una misma posición dentro del partido.

Esta indagación debería llevarnos a detectar todos los escenarios y encrucijadas donde, de una forma u otra y bajo el ropaje que fuera, se agazapa el peligro hegemónico.

Para marcar una diferencia entre Partido y Gobierno, necesaria para no confundir los roles, detentar un cargo partidario debería ser incompatible con el desempeño simultáneo de funciones de gobierno o representativas.

Los que hubieran ejercido la titularidad de los poderes ejecutivos nacionales, provinciales o municipales debieran dejar pasar 24 meses desde su alejamiento de dichas funciones para presentarse como candidatos a cargos partidarios..

Lo dicho hasta aquí es sin perjuicio, en lo que hace a la calidad de los dirigentes, de establecer condiciones mínimas de honestidad, transparencia patrimonial, vocación democrática, capacidad y formación.

Tener antecedentes antidemocráticos, haber sustentado posiciones contrarias a la Constitucion , intervenido en episodios de acción directa o haber sido convictos por delitos penados con la carcel, o por delitos electorales, deben ser impedimentos absolutos para ser dirigente partidario.

4.2 -Afiliados.-

En puntos anteriores hemos visto que el protagonismo que debieran tener los afiliados en la vida politica en general y en la de los partidos en particular está, en la practica, en un “freezer”. La multiplicidad de Ong´s relacionadas con temas de participación y compromiso ciudadano pareciera confirmarlo, ya que en sus filas milita mucha gente que alguna vez estuvo afiliada a un Partido o se sintió atraída por ellos.

Hemos dicho también que parecería que los partidos, después de afiliarlos, no supieran que hacer con ellos como no sea dejarlos vegetando en los ficheros hasta poder utilizarlos en alguna marcha o concentración.

En los albores de los partidos, cuando estos no eran aún cuerpos orgánicos ni existían normas claras y aceptadas de convivencia politica las luchas “partidarias” eran frecuentes y violentas hasta que Occidente alumbró la democracia representativa, y los principios de la Carta Magna se multiplicaron en todas las Constituciones posteriores.

Cuando esto ocurrió los partidos tradicionales y los “nuevos” debieron readecuar sus roles a la nueva situación; con el nacimiento de la democracia representativa aparecieron los partidos politicos tal como hoy los conocemos y con ellos sus dirigentes y sus “afiliados” que ganaron importancia como motor y combustible del Partido. En aquellos albores tuvieron clara conciencia de que los partidos eran “el” camino para alcanzar sus reivindicaciones.

En ese esquema el afiliado buscaba participar de un modo mas comprometido que el común de la gente. Por eso, salvo las afiliaciones masivas o compulsivas, el individuo que tomaba la decisión de afiliarse se ponía a las puertas de la ciudadanía.

Cuando una persona se afilia no es usual que encuentre un dirigente o un funcionario que le explique la organización del Partido, ni sus Principios ni que guíe sus primeros pasos. Tampoco son muchos los que reciben la Carta Orgánica, la Constitución Nacional, la última Plataforma Electoral ni los documentos del Partido sobre temas relevantes.

Salvo por la necesidad de alcanzar el número mínimo de afiliados que le permitan alcanzar su calificación como partido distrital, provincial o nacional pareciera que los afiliados no son de otra utilidad para el Partido, ya que pocas son las convocatorias que recibe para comprometerse mas profundamente. Otra cosa, obviamente, es si va de la mano de un padrino, que le abrirá las puertas y lo incorporará a su capilla.

¿Porqué se afilia la gente? ¿Los afiliados mantienen viva, a lo largo de los años, la razón que los movió a afiliarse? ¿Cuantos se desafilian? ¿Porqué? ¿Porqué nó?

¿Una sociedad que aspira a vivir en democracia puede dejar de formularse estas pregunta, o teme oír las respuestas?

¿Es posible que una sociedad democrática no se permita soñar con ciudadanos que consideren un honor ser aceptados como afiliados a un Partido? ¿Con afiliados con un acendrado sentido de Patria, de servicio, de respeto a las instituciones, de un compromiso cívico que vaya mas allá de sus intereses personales?

Recordemos, como ya lo hemos dicho en 3.12, que los afiliados son los futuros dirigentes del Partido, integrantes de sus comisiones internas y candidatos a ocupar cargos de gobierno en nombre del Partido.

Pero pese a eso el afiliado no es, hoy, protagonista de la vida partidaria, porque los partidos no han llegado a ser, aún, agrupaciones de ciudadanos y son sólo agrupaciones de dirigentes; el Partido, así concebido, no pasa de ser una organización para movilizar votos y servir de pedestal a los dirigentes.

En estos ultimos años ningún Partido se destacó por promover la participación política de la gente ni por incorporar a los mejores. Sólo buscó afiliar y movilizar. Desde que el voto se hizo obligatorio en nuestro país cientos de miles de personas fueron afiliadas sin conocer las bases , la plataforma electoral, ni los planes de gobierno de los partidos. Otros no llegaron nunca a enterarse de que habían sido inscriptos fraudulentamente en un Partido y que figuraban en su padrón.

4.3 Candidatos.-

El candidato a un cargo electivo es la cara visible del Partido, porque la competencia electoral es, cada vez más, una confrontación entre candidatos y no una contienda entre partidos.

De allí que cobre especial relevancia el hecho de que en la democracia representativa una vez terminada la contienda el elegido se convierta en “representante”, del Pueblo y no del Partido, y que el que accede a la Primera Magistratura, tampoco sea Presidente de los que lo votaron sino de todo el Pueblo.

A la hora de oficializarse las candidaturas estan en juego numerosas cuestiones, tales como la trayectoria de los candidatos, su antiguedad en el Partido, su capacidad, el origen de su patrimonio, sus antecedentes democraticos y la carencia de antecedentes penales.

Pero, ¿hay un “puntaje” al respecto? ¿Quién lo establece? ¿O todo es “carisma”? ¿O todo es capilla? ¿O todo es “plutocracia” ? ¿ A los candidatos de la “pre” interna, quienes los eligen? ¿Cómo? ¿A quienes representan unos y otros? ¿A los afiliados o a las capillas? ¿Quién o quienes, en los partidos constituyen “el poder detrás del trono? ¿Que influencia tienen las consultoras a las que, cada vez con mayor frecuencia, consultan los partidos?

Estas preguntas no son ociosas; como hemos visto en el punto sobre “Dirigentes” quebrar el continuismo, la perpetuación de aquellos y de las “camarillas” son cuestiones vitales para nuestra democracia ya que constituyen un obstáculo para la renovación interna y para la incorporación de los ciudadanos a los partidos.

Como en esto, duele decirlo, nunca llegaremos ciudadanos ni afiliados a conocer la verdad es necesario tomar las precauciones para que –sea como fuera- podamos amortiguar el efecto de las manipulaciones.

De allí que no podamos dejar de señalar la necesidad de que los candidatos que resulten electos para ocupar cargos de gobierno no puedan ser reelectos mas de una vez dejando transcurrir entre uno y otro mandato un período intermedio.

Que en ese caso no podrán presentarse para un distrito distinto del anterior; que no pueden haberse desempeñado como funcionarios judiciales, o dirigentes gremiales en un lapso menor a 12 meses antes de la elección; ni haberse desempeñado en idéntico período como autoridades superiores de la Administración o de entes o reparticiones publicas; y que deberán tener una antiguedad mínima de 24 meses en el Partido.

Esto, no hace falta explicarlo, es necesario para evitar que las funciones judiciales, o gremiales, o como administradores públicos, sean utilizadas como trampolín para la política; para posibilitar que los votantes puedan premiar o pasar facturas a quienes ya los representaron y para evitar también la consolidacíon del tema de las listas colectoras.

Tampoco podrían postularse, por ejemplo, para un cargo menor quienes anteriormente hubiesen alcanzado la jefatura de un Municipio, de una Provincia o de la Nación; y para volver a postularse para esos mismos cargos deberá transcurrir, como hemos dicho, un lapso igual al del mandato cumplido.

Ningún candidato que se hubiere desempeñado en las primeras magistraturas nacionales, provinciales o municipales, tampoco podría, al final de su mandato, ser nombrado o postularse para ejercer ningún cargo en ninguno de los tres poderes de esas juridicciones o en un organismo político regional, nacional o internacional, mientras no transcurra un lapso igual al del cargo anteriormente cumplido.

Financiamiento de los Partidos.-

Este tema siempre está asociado a gravísimos actos de corrupción. Al dejar de lado los roles mencionados en el Capítulo III, la carrera política se convierte en una búsqueda del poder animada por una insaciable ambición personal. El éxito en esa competencia está estrechamente ligado, en la mayoría de los casos, a la “caja” con que cuenta cada candidato.

Sabemos que los que viven de los favores del Estado siempre encuentran senderos que les permiten alcanzar sus objetivos. Nacen así los circuitos de financiamiento ilegal de la política porque, para alcanzar sus cometidos, el delito necesita la complicidad de la política. Se consuma así, un matrimonio de “connivencia” entre política y corrupción.

Los diarios informan, elección tras elección, la omisión en unos casos y la falsedad en otros, de las declaraciones de los partidos y los candidatos sobre los aportes que han recibido para sus gastos de campaña. Por otra parte el sistema no contabiliza como tales a los millones invertidos para comprar las cajas de comida que se distribuyen, para los subsidios “compra votos”, para los planes asistenciales que se entregan con idéntico fin y para las seudocooperativas que se constituyen ad-hoc.

Tampoco registra el dinero de los electrodomesticos, colchones, heladeras, televisores, bicicletas y zapatillas que entregan los punteros con la advertencia de que: “si acá (refiriéndose al barrio) no sacamos el 60% de los votos se acaban todos los beneficios.”

En el caso del partido de gobierno esta masa de dinero se alimenta, además, con contribuciones “voluntarias”, de fondos “reservados”, del “maquillage” de partidas presupuestarias y de la desviación de fondos.

Lo llamativo del caso es que la sangre nunca llegó al río. Nadie fué enjuiciado ni sancionado por la plata “ negra” que se vuelca en las elecciones; nadie se molesta en justificar ni en dar explicaciones . Tibias declaraciones de las autoridades judiciales que se limitan a registrar el fenómeno sin pasar a mayores; Kirchner diciendo “que he gastado un peso, un solo peso en toda la campaña”; reproches con sordina de los que no pudieron poner ese peso; silencio “ a coro” de todos los demás transgresores. Y la gente? Como anestesiada.

¿Cuanto vale, cuanto cuesta y que peso tiene, en términos electorales, la utilización de los medios públicos, de los empleados públicos y de la carrera para llegar a toda costa a inaugurar obras públicas en épocas preelectorales?

Expertos en maquillar coimas y “aportes voluntarios”, los pocos que salieron a la luz demostraron la impunidad con la que actuaban: todos sabían que eran operativos con “inmunidad garantizada”. ¿Que sentido tenía la norma legal para poner límite a las “donaciones” si ya habían descubierto el sistema para hacerlas totalmente en negro?

¿Como se contabilizan los descuentos en el precio o la prestación gratuita de servicios de cualquier clase, publicidad, pasajes para los activistas y candidatos, equipos, papelería, imprenta, transporte, combustible, utilización de locales, organización de festivales, etc.? ¿Y las pintadas en las calles , las pegatinas y la colocación de pasacalles y afiches? ¿Y las concentraciones, los ómnibus, las manifestaciones y marchas y la plata a la gente que cargan en los vehículos con los que los transportan? ¿Y las comidas? Ni que hablar de la plata “de bolsillo” que embolsan punteros, dirigentes y “tropa”.

¿A cuanto asciende toda esta masa de dinero?¿Este cuadro no fulmina de nulidad absolutar cualquier triunfo electoral que se obtenga a su sombra?

¿Una “democracia representativa y republicana” como la nuestra, puede mantener la mirada sin pestañear frente a estos interrogantes? Todo esto amerita una seria, profunda, constante y urgente investigación para descubrir los orígenes, las fuentes, los nichos, los vericuetos, y las maniobras a través de las que se consuman estos delitos.

¿Podrían aportar alguna información las dirigencias partidarias?

¿En que quedaron las valijas de Antonini Wilson ?

¿Podemos seguir quejándonos de que la voluntad de los electores es manipulada vergonzosamente si no actuamos en este punto con inteligencia, información y anticipación?

¿Podemos seguir con un sistema judicial carente de medios para detectar y sancionar estas violaciones? ¿Podemos seguir lamentándonos de que el sistema que nos rige, tanto a nivel humano como normativo es deplorable, y no hacer nada?

¿Podemos autoconvencernos de que ésta es la única democracia posible? Salir a la caza de votos de esta forma no es un gravísimo delito electoral, además de los otros involucrados? Intentar matar de esta forma la Democracia y la República no es un intento de genocidio político?

Propaganda política.-

En este tiempo nos encontramos con una fuerza política que ha declarado la guerra a todos los partidos y sectores que no se pliegan a sus pretensiones. No trata de convencer sino de dominar, “poner de rodillas” a los que eligió como enemigos, porque decidió que en la Argentina, no hay lugar para los que piensan distinto.

Sus discursos y mensajes están concebidos con soberbia, intransigencia, intimidación y agravio, son verdaderas declaraciones de guerra buscando doblegar sin reparar en los medios.

Se distorsionan y ocultan los hechos y se pretende reescribir la historia. Se le agrega un Prefacio a “Nunca Más” en una “falsificación” documental inédita; se compran medios de comunicación masiva para difundir las bondades del régimen.

No se acepta el disenso, “el movimiento” absorbe y representa todo el pensamiento político de la Argentina. Late aquí la infortunada frase de los peores años de Perón, de la que tardíamente se arrepintió: “al enemigo ni justicia”.

Se crean, superando toda capacidad de asombro, nuevas categorías históricas como que San Martín, Belgrano, Sarmiento y otros proceres “eran de derecha” .

La propaganda política es un instrumento clave en la lucha por el poder. El relajamiento de los estandares éticos y morales de dirigentes, fuerzas políticas y de la sociedad en general, ha instalado el “vale todo”; la propaganda política se ha convertido en una ilimitada maquina de demoler oposición para construir poder.

La psicología social, el dominio de las tecnicas de manipulación de la opinión pública y las encuestas muestran “con fidelidad fotografica” lo que sienten los conglomerados humanos; indican el camino para despertar sus emociones y sus miedos.

Cuando Maquiavelo acuñó su célebre frase: “gobernar es hacer creer” tenía bien claro que cuando la población carece de información verdadera, o de capacidad para desentrañar las causas o consecuencias de determinadas situaciones, o necesita superarlas “a cualquier precio”, los gobernantes inescrupulosos se hacen un festín.

Desde la vereda de enfrente en cambio, resuenan en los oídos del pueblo inglés, las palabras con que Winston Churchill le dijo la verdad: “lo único que tengo para ofrecerles es sangre, sudor y lágrimas”.

El fenómeno vernáculo revive a Goebbels: “miente, miente, que algo quedará”.

4.6 Sistema electoral.-

El sistema electoral es el conjunto de normas que organizan el modo de emisión del voto y de la asignación de los resultados. En una democracia constitucional debe ser transparente, imparcial y reflejar lo mas fielmente posible la voluntad del electorado.

La elección de un sistema no es indiferente ni inocente ya que conduce a resultados distintos; no es una cuestión técnica sino política, cargada de intencionalidad.

Quienes expresan con más énfasis su preocupación sobre el tema no son los partidos sino los ciudadanos de a pié, que han descubierto que las listas sábanas, las colectoras, las testimoniales, la ley de lemas, etc. son claras maniobras para asignar el voto de manera arbitraria.

No es así el caso del sistema de tachaduras o el de los distritos uni o plurinominales; sin dejar de mencionar el voto electrónico que garantiza el resultado fiel de las urnas y aventa la posibilidad de maniobras fraudulentas en el recuento de los votos.

Desorientados y acorralados por la batahola preelectoral los ciudadanos somos inducidos a votar bajo una fuerte presión que impide analizar serenamente el alcance de uno u otro sistema; nunca hay tiempo.

¿Sería imposible organizar ese debate de una vez por todas? De lo contrario ¿no nos veremos, nuevamente, enfrentados con el “hecho consumado” producido por una ley dictada entre gallos y medianoches?

¿No sería tiempo ya, también, de debatir sobre la obligatoriedad del voto? ¿Y de hacerlo también ahora, antes de tener las elecciones encima? El voto obligatorio impide conocer el real interés de la gente por las elecciones y ningun otro mecanismo podrá ilustrarnos mejor que hacerlo optativo.

No hay dudas que quienes se desinteresan por el desinterés de la gente es porque con ese sistema tienen “la vaca atada” esto es la ciudadanía a la que ordeñan a su antojo.

Tuvimos una experiencia –no muy lejana- en elecciones de medio término llevadas a cabo en ocasión de un manifiesto rechazo de la ciudadanía hacia la dirigencia política, en la que en muchos distritos ganó el voto en blanco.

¿Es necesario llegar a ese extremo para que la dirigencia entienda lo que siente la gente?

¿Que pasaría, en otro orden de cosas si para poner claridad sobre las cuestiones en debate, en cada elección se “listaran” las propuestas electorales de los partidos de modo que los ciudadanos puedan “saber de que se trata” ?

V. FINAL.-

Al comienzo de estas páginas dije que el “modelo para armar” era hacer compatible el funcionamiento de los partidos políticos con el sistema democrático constitucional. Entendí que para empezar debíamos tener una imagen de la debacle institucional argentina, y lo intenté en el Capítulo I “El Mandato”.

El Capitulo II, “Aquí y Ahora” a su vez, apuntó a poner de resalto el anuncio constitucional de que los partidos eran instituciones fundamentales del sistema democrático argentino, y a preparar las bases para el Capitulo III “Roles de los Partidos” . Para cumplir con la primer tarea –la de poner en foco- debí acometer una misión especial, la de explicar que los partidos no eran un simple avatar de la historia sino que debían ser “la piedra angular” del edificio de la República.

Para cumplir con “preparar las bases” hizo falta algo más: definir las características de los partidos que podrían llegar a conformar ese elemento.

La primer condición era describir con claridad y detalle sus roles y funciones, para fijar los puntos de no retorno, por lo que las bases para el Capitulo III vineron empujadas también por los vientos del Capítulo anterior. Es innegable que la propuesta encierra un desafío, pero en epocas de crisis hay que pensar con libertad, sin ataduras preconceptos ni fatalismos; el grito de “El Rey está desnudo!” se nos atraganta de elección en elección.

Los roles descriptos en el Capitulo III son como una inmensa red para capturar todo, aún a riesgo de incurrir en reiteraciones, porque se trata de desplegar el universo de funciones que deben cumplir, para poder plantear nuestras demandas y ofrecer nuestros apoyos. Pensarlos, repensarlos, aggiornarlos, hacerlos nuestros, convertirlos en ese instrumento esencial de la vida politica de nuestro tiempo.

Si estamos de acuerdo en que la propuesta vale la pena, el Capitulo IV “Argentinos, a las cosas” es una invitación a llevarla a cabo entre todos. Su objetivo fué, como enseñaba Guitton, “llenar de interrogantes el tema” poblarlo de incognitas, de preguntas. Desarmarlo, ver su estructura interior y sus tensiones y volverlo a armar desde nuestra realidad, desde nuestras necesidades y desde las metas que nos propongamos.

En síntesis, hemos discurrido sobre el “qué” para saber donde estamos parados y sobre el “cómo” para buscar los caminos que nos lleven hasta el lugar adonde queremos llegar.

BUENOS AIRES, AGOSTO DE 2010.-