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Noticia

Un Kirchner hacia adentro y otro hacia afuera
Joaquín Morales Solá La Nación

  Fecha: 19/03/2006
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El exterior, ese mundo extraño y ajeno hasta ahora, empieza a aparecer en su radar. Comprensión con Uruguay. Mensajes amistosos enviados a Madrid. Kirchner parece otro. ¿Lo es? La biografía de Sergio Acevedo dirá que el Presidente nunca cambió. Jorge Telerman ha descubierto que la confianza presidencial no se consigue sólo con el boato de los ascensos. Afuera, hay que componer. Adentro, prevalece una disciplina de acero.

Acevedo no es uruguayo ni español. Hombre honesto, con certezas independientes, su problema fue, quizá, que es santacruceño y, para peor, que era gobernador de la provincia del Presidente. Es difícil gobernar Santa Cruz, porque allá hasta las cabras están pendientes de Kirchner, reconoció un funcionario que conoce los pliegues íntimos del kirchnerismo.

Lo cierto es que la relación de Acevedo con el kirchnerismo era tirante. Tenía un dejo crítico que el poder actual no tolera, sobre todo dentro de su propio cortijo. Ya cuando era jefe de la SIDE, en los primeros meses de la administración de Kirchner, Acevedo era uno de los pocos funcionarios (si no el único) que le planteaban al Presidente opiniones disidentes.

¿Kirchner quería que Acevedo se fuera? La pregunta no es fácil de contestar. El ex gobernador tiene predisposición a dejar caer su espíritu en los momentos críticos. Pero es igualmente veraz la versión de que no estaba dispuesto a convertirse en un simple espectador de decisiones nacionales que involucraban a su provincia.

El caso más iridiscente es el de las obras públicas, cuyas decisiones pasaban cada vez menos por sus manos, aunque su mano debía firmar los correspondientes documentos del Estado. Se trata de miles de millones de pesos anuales que van a la provincia más consentida por la Nación.

Acevedo decidió traer los fondos de Santa Cruz depositados en el exterior durante la gestión provincial de Kirchner. Dicen que el Presidente no estaba en desacuerdo, pero Acevedo lo anunció como una decisión propia, inconsulta y reparadora. Esas cosas no se le hacen a Kirchner.

En casos de crisis, la política siempre se hace una pregunta esencial: ¿a quién benefició el entrevero? La respuesta, en este caso, no es complicada: a Kirchner. Un gobernador hiperkirchnerista se hizo del poder en Santa Cruz y otros kirchneristas de cepa intocable cayeron en ministerios y secretarías clave de esa provincia.

No era necesaria, con todo, la injusticia de inculparlo a Acevedo, aunque haya sido indirectamente, de violaciones de los derechos humanos, presuntamente perpetrados por la policía local. El ex gobernador es un alma sensible a esos asuntos. Pero Kirchner creyó siempre que la impericia del gobernador prendió el fuego de Las Heras. El perdón no llegó nunca.

Se ha dicho que el ministro Julio De Vido le mordía los talones a Acevedo. En el gobierno de Kirchner nadie hace nada por su cuenta. Si De Vido decidía obras públicas nacionales, sin hablar con el gobernador, era porque su presidente lo había autorizado. Sucede lo mismo cuando Alberto Fernández le pone condiciones públicas al diálogo con Telerman. Kirchner está detrás de él.

Fernández y De Vido conocen demasiado a su jefe como para hurgar por cuenta propia en distritos como la Capital y Santa Cruz. Otra cosa es que los dos ministros hayan unido lo útil con lo agradable, que también es cierto.

A Kirchner le molesta, tal vez, ese aire personalista e inmodesto que campea en el espíritu de Telerman, demasiado peronista para el paladar presidencial. Fernández hasta le reprochó, en un diálogo notable por lo áspero, su indiferencia con el destino de Aníbal Ibarra. Creen, más bien, que Telerman se afanó en destronarlo.

¿Telerman imagina un futuro de jefe elegido popularmente en la Capital? Es probable. ¿Por qué no? Sólo tiene un problema: en el vértice kirchnerista se barajan otros nombres. El de Roberto Lavagna o el de Daniel Scioli. Nadie le ha preguntado a éstos, aún, si estarían dispuestos a aceptar el reto electoral. Simplemente los consideran mejores candidatos que Telerman para batir a Mauricio Macri en la Capital.

A Telerman lo persigue la misma sombra que a Acevedo: carga con un alma demasiado incómoda e indiferente frente al liderazgo presidencial.

Tabaré Vázquez optó por un discurso duro y Kirchner por uno comprensivo. Parece que los protagonistas han cambiado su rol en un teatro equivocado. En el fondo, Kirchner sabe que el error está en el lado argentino. Pueden –y deben– reclamarse las garantías medioambientales, pero ningún país tiene el derecho de aislar a otro. Es cierto que, además, Kirchner tiene más márgenes internos que Tabaré para la conciliación. Al presidente uruguayo lo presionan la política y la sociedad de su país.

La diplomacia, si le es fiel a su presidente, debió informarle que a Tabaré Vázquez le había ido muy bien en su gira latinoamericana. Evo Morales, Hugo Chávez y Lula no se limitaron sólo a recibirlo y a escucharlo. Tampoco dijeron nada sobre el diferendo con la Argentina, pero rodearon al uruguayo de gestos cálidos que estuvieron más allá del protocolo. La solidaridad siempre se vuelca del lado del más pequeño.

La flamante presidenta chilena, Michelle Bachelet, había programado una visita a la Argentina como primer gesto internacional de su gobierno. Es doblemente simbólico: los presidentes de Chile nunca salen del país inmediatamente después de su asunción. Pero debió agregarle a su viaje una visita a Montevideo. Ningún mandatario latinoamericano quiere prestarse a la confusión de un apoyo a la Argentina o a Uruguay, menos aún a la Argentina que a Uruguay.

Tabaré ha dicho, con palabras de hombre duro, que nunca había acordado nada con Kirchner. Es cierto. En Santiago de Chile sólo coincidieron en las condiciones necesarias para entablar una negociación, que se plasmaría luego en reuniones en Mar del Plata y en Colonia. Las condiciones consistían en el levantamiento de los cortes y en la paralización por 90 días de las obras de las papeleras. Las empresas están dispuestas a ese paréntesis. Busti pasó las últimas 48 horas hablando con Dios y con el diablo. Trajinó Gualeguaychú para levantar los cortes: La pelota está en nuestras manos, repite.

Los mensajes que llegaron de Madrid fueron inconfundibles. El gobierno de Rodríguez Zapatero está impaciente con las promesas incumplidas de Kirchner. Comenzó a cumplirlas. Firmó la actualización de tarifas para las autopistas (donde hay empresarios españoles); la decisión esperó varios meses en su despacho la famosa oportunidad política que todo lo posterga.Comenzó también a disciplinar el conflicto con Aerolíneas Argentinas, propiedad de empresarios españoles. Hace pocos días, lo citó al polémico sindicalista y subsecretario de Transporte Aéreo, Ricardo Cirielli, que lideró las huelgas que paralizaron el transporte aéreo de cabotaje. Kirchner lo vapuleó de esta manera: No voy a nacionalizar ni a estatizar esa compañía. Tampoco se la voy a sacar a sus actuales dueños. No hay ninguna razón para hacer eso. Si hay una próxima huelga, vos te irás del Gobierno y yo voy a intervenir los gremios de pilotos y técnicos. Es la posición del Gobierno. Ciertos temblores en Cirielli eran perceptibles cuando abandonó el despacho presidencial.

Kirchner es así, para bien o para mal. Por eso, Acevedo prefirió volver a la Patagonia profunda y retomar sus clases de maestro en un colegio de mala muerte.

Comenzó también a disciplinar el conflicto con Aerolíneas Argentinas, propiedad de empresarios españoles. Hace pocos días, lo citó al polémico sindicalista y subsecretario de Transporte Aéreo, Ricardo Cirielli, que lideró las huelgas que paralizaron el transporte aéreo de cabotaje. Kirchner lo vapuleó de esta manera: No voy a nacionalizar ni a estatizar esa compañía. Tampoco se la voy a sacar a sus actuales dueños. No hay ninguna razón para hacer eso. Si hay una próxima huelga, vos te irás del Gobierno y yo voy a intervenir los gremios de pilotos y técnicos. Es la posición del Gobierno. Ciertos temblores en Cirielli eran perceptibles cuando abandonó el despacho presidencial.

Kirchner es así, para bien o para mal. Por eso, Acevedo prefirió volver a la Patagonia profunda y retomar sus clases de maestro en un colegio de mala muerte.


   
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