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La campaña tiñe de sospecha cada gesto o palabra política
Eduardo van der Kooy. Clarín

  Fecha: 03/09/2005
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El Gobierno y la oposición son responsables de la desconfianza popular.

Algo anda mal en una nación cuando la política, sin excepciones, queda bajo sospecha. Es difícil, de esa manera, fomentar la confianza de la sociedad. Es más difícil aún que, sin esa confianza, se puedan recrear las instituciones corroídas hasta el hueso por la gran crisis. Es difícil, también, que sin aquella confianza los ciudadanos se vuelquen, alguna vez, a la actividad pública para comenzar una renovación que se pregona mucho pero que se practica menos.

La parábola viene a cuento por las cosas que ocurren en la Argentina de la campaña electoral. Ese estado de mendicación desnuda a los dirigentes, tal vez, en su peor versión que torna todavía más escéptica la percepción popular.

Lo hace Néstor Kirchner cuando se sube todos los días a una tribuna con espíritu exaltado y divide a la comunidad entre buenos y malos. Lo hace también la oposición cuando descalifica, de modo reflejo, todo lo que emana del poder. Lo hacen también los medios de comunicación cuando lanzan muchas veces informaciones o conjeturas sin fundamento.

En lo que va de la semana ocurrieron tres cosas y ninguna escapó a la mancha de la sospecha. Ayer, el juez federal Daniel Rafecas procesó a media docena de legisladores, a ex funcionarios del gobierno de la Alianza y citó a declarar a Fernando de la Rúa por el supuesto pago de sobornos para que fuera aprobada la ley laboral.

Se trata del escándalo de corrupción más emblemático que ha tenido la democracia y que permaneció por años en un laberinto por indiferencia de muchos jueces y la connivencia de otros con el sistema político. El último impulso a la causa lo habían dado las declaraciones del arrepentido Mario Pontaquarto. Pero otra vez volvió luego a fojas cero.

Rafecas no hizo más que seguir, una tras otra, las pistas nunca exploradas que habían dejado las palabras de Pontaquarto. Y sobre ellas construyó su decisión. Que puede ayudar a esclarecer aquel episodio y colocarle al menos límites a una de las prácticas que perjudican a las democracias y desestabilizan gobiernos. Lula da Silva puede dar fe de ello.

La objeción que merodeó aquella novedad es que Rafecas se convirtió en juez en octubre pasado, durante el gobierno de Kirchner, y que en otra época trabajó junto al Procurador General, Esteban Righi. Se omite, en cambio, que aquel juez fue elegido en un concurso pulcro. ¿Alcanzarían aquellos argumentos para invalidar una resolución que, más allá de otros propósitos, apuntaría a higienizar la política? ¿Resulta válido utilizarlos para transitar un tiempo electoral?

Lo mejor que podría hacer el Gobierno, en ese caso, es no pretender sacarle provecho público. Una conducta que podría extender a otras situaciones: por ejemplo, todo lo que acontece con los familiares de las víctimas de Cromañón.

Una legión de dirigentes, en su mayoría candidatos, se reunieron y se exhibieron ayer con aquellos familiares en gesto de solidaridad. Hubo más: allí mismo se demandó apoyo de ellos para el juicio político que una Comisión de la Legislatura porteña pidió contra Aníbal Ibarra. Ni los dirigentes deberían permitir que la tragedia se convierta en eje de campaña ni desde el poder —nacional y distrital— se deberían lanzar intrigas y consejos sobre lo que debe hacer el candidato oficial, Rafael Bielsa. Un drama como aquel no merece especulación.

Diferente es el alboroto y la polémica que abrió la repatriación de los fondos de Santa Cruz que estaban depositados en el exterior desde hace años. Aquí hay dos paisajes. Kirchner y el gobernador Sergio Acevedo se habían comprometido a traer aquel dinero una vez que la Argentina saliera del default.

Eso ocurrió hace poco y la novedad fue cuestionada por la oposición, quizá, porque Kirchner unificó hace rato la campaña y la gestión. Pero aquella promesa original resultó cumplida.

Es bueno y necesario que la oposición reclame con tenacidad rendición de cuentas al poder. Pero no a costa de denigrar siempre la mínima virtud.


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