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Noticia

Ideas Giovanni Sartori: la democracia o es laica o no es
La Nación

  Fecha: 05/11/2005
eVoluntaria: Alejandra Capriata
  Tema relacionado: Enfoques Internacionales

Este es el discurso que el célebre politicólogo italiano, que mañana llegará a la Argentina, pronunció días atrás en Oviedo, España, en ocasión de la entrega del prestigioso premio Príncipe de Asturias

En mi ya larga vida de estudioso he sido muy extravagante, he enseñado diversas materias y me he ocupado de todo un poco, de argumentos varios. Es que soy un animal curioso. Pero en mi extravagancia, la democracia, la teoría de la democracia, ha sido un tema constante.

En esta solemne ocasión me siento impulsado, entonces, a retornar sobre este amor antiguo y jamás apaciguado.

Desde la Segunda Guerra Mundial en adelante, la democracia, la democracia liberal, ha estado en expansión, y la caída del régimen soviético y de su ideología le ha abierto nuevos espacios de conquista. Pero mientras que la economía se volvió de verdad global -en el sentido de que la economía de mercado arrolló verdaderamente a la planificación económica colectivista del tipo soviético-, los sistemas políticos permanecen divididos en el mundo, entre democracias y no democracias. Y esta comprobación abre el interrogante sobre la posibilidad de exportarla, en qué medida y en qué condiciones. Se entiende que este interrogante presupone que la democracia nace en y de la civilización occidental y que las así llamadas "democracias de los otros" son imaginarias (así como era imaginaria y engañosa la noción de democracia comunista). Dicho esto, existen sobre el tema de la exportación y difusión de la democracia -simplifico mucho, se entiende- dos teorías de fondo.

La primera es economicista: es la que afirma que la democracia se ve obstaculizada por la pobreza y que está relacionada con el bienestar económico. Históricamente no fue así: la democracia liberal como protección del pueblo, y por lo tanto como sistema de libertad y de protección constitucional, nació en sociedades pobrísimas y el liberalismo instituyó el Estado limitado, el control del poder y la libertad; nada más y nada menos. Pero hoy no es más así. Hoy a la protección del pueblo se agrega un poder del pueblo que exige la distribución de la riqueza al pueblo. Y en este contexto la tesis de los economistas termina asegurando que, si se produce riqueza, finalmente se produce democracia. La tesis de los sociólogos es más cauta. En la versión clásica de S. M. Lipset, "cuanto más próspero es un país, más probable es que apoye a la democracia". Sí, seguramente. Es cierto que el bienestar facilita la democracia. Lo que hoy no es seguro es si el bienestar continuará creciendo y si la guerra contra la pobreza se ganará verdaderamente.

Personalmente lo dudo. En menos de un siglo la población mundial se ha triplicado. Hoy somos más de seis mil millones y crecemos a un ritmo de 70 millones por año: todos en países pobres y probablemente destinados a seguir siéndolo. Por lo cual me limito aquí a concluir que la teoría economicista no nos debe hacer olvidar que la democracia como sistema político de protección del pueblo es un bien en sí mismo y que siempre es mejor ser pobres libres, en libertad, que pobres en esclavitud.

La segunda teoría es cultural y de "visión del mundo". Si es verdad, como lo es, que la democracia liberal nació del seno de la cultura occidental y en función de su laicismo, entonces debemos esperar que al salir al mundo tropiece con resistencias y con reacciones de rechazo, culturales. Sí y no. La democracia fue exportada a Japón con la fuerza de las armas pero luego se afincó allí. En la India la democracia es un legado de los ingleses pero fue adoptada plenamente. Por lo tanto se dan exportaciones culturalmente improbables que no obstante han tenido éxito. Existe sin embargo otra cara de la moneda: la de la importación (inmigración) a Occidente de culturas extranjeras. Aquí el problema es de integración y la pregunta es si los asiáticos, indios, africanos, árabes se integran o no, si aceptan o no las instituciones democráticas del país en los cuales se radican. También a esto se puede responder: a veces sí y a veces no. Pero para ser más precisos, es necesario aclarar qué se entiende por integración. Ya que integración no es asimilación.

Los indios, japoneses, chinos, trasplantados a Occidente mantienen su identidad cultural (y en este sentido no se dejan asimilar) y sin embargo se han integrado a la ciudad democrática y se convirtieron en buenos ciudadanos. En este resultado no hay ninguna contradicción. Porque la integración necesaria y suficiente es sólo la adhesión a los principios ético-políticos de la democracia como sistema político.

Entonces, ¿cuál es el elemento, el factor que vuelve rígida y casi impermeable a una identidad cultural? Indudablemente es el factor religioso y más precisamente el monoteísmo, la fe en un Dios único que por eso mismo es el único Dios verdadero.

Este monoteísmo puede ser neutralizado y bloqueado como sistema de dominio teocrático, con el surgimiento de una sociedad laica que separe la religión de la política. Esta separación ocurrió en el mundo cristiano a partir de 1600. Pero no llegó al Islam, que era y sigue siendo un sistema teocrático omniabarcativo.

Por lo tanto, ¿voluntad del pueblo o voluntad de Dios? Mientras prevalece la voluntad de Dios, la democracia no penetra ni en términos de exportación (territorial) ni en cuanto a la internalización (se encuentran creyentes en todas partes). Y el dilema entre la voluntad del pueblo y la voluntad de Dios es y seguirá siendo, utilizando un título de Ortega y Gasset, el tema de nuestro tiempo.

Traducción: María Elena Rey

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/753713


   
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